miércoles, 19 de enero de 2011

Manual del buen bachero

Capítulo 1:



Una copa de vino descansa sobre la mesa (desde hace diez minutos) frente al gordo Toker. El gordo mira la copa desde su pie hasta su cintura, va subiendo de a poco hasta cruzar la mirada con la de Ariel. Le pide un cigarrillo y Ariel le recuerda que ninguno de los dos fuma. El gordo hace un gesto con la diestra, Ariel entiende que está siendo insultado. Están en un bar un día sábado a las 02:30 a.m. Por fin, el gordo, rodea la cintura de la copa con sus gruesos dedos, la pasea por el aire sin perderla de vista y la dirige lentamente hasta su boca donde por fin la bebe de un sorbo.
No son amigos pero eso pueden parecerles a las personas tanto sentadas como también hay paradas dentro del bar. No es difícil imaginarlo. Cuantas veces nos hemos encontrado sentados o parados en un bar. En esas circunstancias, generalmente, encontramos uno o varios momentos para echar un vistazo en derredor. Cuando vemos grupos de personas compartiendo una misma mesa tenemos un pensamiento que, si bien es rápido y casi ni notamos que lo estamos pensando, existe. Hacemos esa relación de que, por estar compartiendo la mesa, son amigos. Pero como ya lo dejamos claro no es el caso. Tampoco llama la atención que (prácticamente) no conversen. Muchas veces nosotros mismos hemos ido a bares o reuniones, como ya se ha dicho, y, aún en presencia de nuestros más cercanos y queridos amigos, ninguno interactúa con los demás, ni siquiera uno mismo, al menos por momentos así es.
El gordo rasca su nariz mientras que Ariel persigue con la mirada a una moza que pasea su bandeja por entre las mesas. Ella se encuentra, entonces, a sólo dos mesas de distancia. Mientras con una mano sigue rascando su nariz con la otra toma la botella y vierte sobre la copa lo poco que queda de vino. Ariel aprovecha la distancia y hace una seña a la moza, ella asiente y se acerca, recibe una indicación y se retira a la barra. El gordo pregunta qué fue eso y Ariel contesta que otro vino. Por más que Toker promete que lo va a pagar Ariel ya sabe de antemano que no va a ser así pero no le importa demasiado, cobró el viernes y tiene dinero de sobra para éste y otros más.
Habían llegado en el 219, el 3 rojo que va hasta Alpargatas, lo tomaron en Hudson después de bajar del Plaza que venía desde La Plata. Se habían encontrado en la entrada del pasaje Dardo Rocha, uno recién salía del trabajo y otro recién salía del café de las artes al que fue después de cursar en la Facultad de Bellas Artes. Ariel era mozo en un restauran y Toker era estudiante de artes plásticas. Tenían un amigo en común. Éste los había dejado clavados. Lo llamaron desde el pasaje, les prometió ir más tarde, encontrarse con ellos en Berazategui y aún no había llegado. No explicó porqué, ellos suponían que tendría algún asunto que atender.
El bar ya lo conocían, aunque pocas fueron las veces que lo visitaron y no fueron las suficientes para notar lo aburrido que era. Recién esa noche se dieron cuenta que la música era la misma que escucharon las otras veces, que la atención seguía siendo igual de mala (ya que el vino había sido solicitado hacía unos veinte minutos y aún no había noticias) y todas las personas ya tenían caras familiares para ellos.
El gordo siempre usaba una percha colgando de su oreja izquierda, decía que le traía buena suerte, tanteó a ver si todavía estaba ahí. Ariel sonrió. Una rubia, que también estaba sentada con un grupo (pero de amigas) sin hablar (aunque las demás lo hacían y demasiado) miraba fijamente a Ariel. Para cuando él lo notó y le devolvió la mirada ella sonrío. Movió su cabeza como si cabeceara un corner y ella aceptó. No le explicó nada al gordo, simplemente se levantó y fue al patio solo. Allí la encontró. Comenzaron a hablar y, cuando más fluida se ponía la conversación, apareció la moza preguntando por el vino. Le indicó que lo llevase a la mesa del gordo y que a ellos les trajera una cerveza bien fría. La rubia no era la gran cosa pero si tenía unas piernas largas y delgadas que, con la ayuda de su pollera de jean, la volvían una de las mujeres más codiciadas del bar por ese entonces. Tomaron la cerveza, la rubia prendió un cigarrillo y le tiró todo el humo en la cara. No tosió pero le guiñó un ojo entonces ella se acercó a su odio y susurró unas palabras. Aceptó y ambos salieron del bar. Bajaron por la 14 hasta llegar a Lisandro de la Torre y se fueron caminando por las vías hasta el paso bajo-a-nivel de la 12. Ahí buscó en su bolso y sacó su pipa, la armó, la prendió, fumó y luego convidó. Él inhaló profundamente conteniendo la respiración, dejó que sus pulmones se llenasen de humo y, luego de unos segundos, liberó todo el humo acumulado dentro. Comenzaron a reír estúpidamente. Fumaron hasta que se terminó la pipa. Lo empujó contra un árbol y se arrodilló, desabrochó su cinto, desprendió el botón de su pantalón y le bajó el cierre. Metió la mano entre su calzoncillo y tomó su miembro al que acarició lentamente, lo metió en su boca y lo succionó sin decir nada. Él cerró sus ojos y dejó caer su cabeza contra el árbol, la rubia sabía lo que hacía, era toda una maestra del pete. La agarró de la cabeza y comenzó a empujarla contra él. Ella se sacó el pene de la boca y le pidió que no la mirara, Ariel accedió. Y volvió a chuparlo como una desesperada. Cuando estaba por terminar escucharon un auto que se aproximaba. El vehículo frenó frente a ellos, sólo el árbol se interponía entre ambos. Era un patrullero del que bajo un oficial. Rápidamente se acomodaron sin que el policía note lo que ocurría. Aunque era más que obvio que el tipo ya sabía lo que estaba pasando, pero por alguna razón se limito a decir que esa zona estaba muy insegura, que mejor se vayan a otra parte. Ariel, intentando manejar la situación lo mejor que podía, preguntó adónde podrían ir. El hombre les dijo que vayan a alguna plaza, la de los bomberos, por ejemplo. Los dos le agradecieron y se largaron.
El gordo ya iba por la tercera copa, se tambaleaba, parecía cansado. Tomó la botella y la copa y se fue a la barra. Una vez acomodado intentó, no con mucho resultado, entablar una conversación con el disc jockey. El encargado de la música, un flaco alto de cabello enmarañado, nariz afilada y muy pocas buenas ideas, seguía mirando la pantalla sin prestarle atención. El gordo sacó del bolsillo interior de su campera una lapicera y un pedazo de papel y se puso a dibujar sin molestar a nadie. Estaba tan concentrado que ni siquiera notó tras él a una linda jovencita de unos 18 años que miraba fijamente dentro de la hoja, achinando lo ojos para entender los trazos. Una vez terminado el dibujo lo ofreció al disc jockey a cambio de una cerveza, lo hizo solamente por conversar. Él tipo lo ignoró. Toker volvió a tomar la botella y la copa y se fue al patio dejando caer el dibujo al suelo. La joven hermosa lo recogió del suelo y lo observó atentamente llevando su índice hasta su labio inferior. Era algo así como un cisne dando una clase magistral, con un auditorio repleto de alumnos (humanos en su mayoría), el cisne vestía de frac, con una de sus alas sostenía una batuta y con la otra un monóculo. Lo dobló y lo guardo en el bolsillo trasero de su pantalón.
En la plaza de los bomberos había mucha luz, fue por eso que decidieron seguir caminado, quizás por querer encontrar el refugio de las sombras y abrigarse mutuamente viendo a todas las criaturas bajo la luz de los focos pero invisibles a ellos dentro de las sombras. Una esquina les presentó el escenario perfecto para concluir con la tarea antes iniciada. Concluir, justamente, era lo que quería Ariel. No fue tan fácil, ahora a la rubia se le había dado por hablar y él no quería bancarse ese plomazo pero eran tantas las ganas de concluir que hizo su mayor esfuerzo. Sin darse cuenta estaba charlando nuevamente con la rubia y la charla se volvió de lo más fluida. Las horas que habitan la noche pasaban rápidamente, como si jugaran picadas dentro de esta autopista indiscutiblemente visible (la noche).
Toker hacía reír a la jovencita. El gordo tenía unos cuantos libros encima, además tenía calle, un tipo lleno de cultura que nunca se iba a quedar sin tema de conversación, o quizás, sin opinión porque el gordo opinaba sobre todas las cosas. Era un: ¿Ah, te gusta eso? Yo ya lo conozco hace rato, además a mí me gusta diez veces más. No dejaba de ser un espectáculo igual, porque el gordo no hablaba gilada. Él sabía muchas cosas de verdad. La piba se entusiasmó y agarró viaje. A los pocos minutos el gordo ya le estaba metiendo la lengua hasta la garganta. No le importo un carajo. Estudiaba psicología en la UBA, él enseguida le quiso vender la Interpretación de los sueños de Freud. La tenía en la casa hacía años, era del viejo o algo así. –Por cincuenta pe arreglamos- Decía –No te la regalo porque era de mi viejo y tiene un valor sentimental, pero la mano está dura y no creo que en casa moleste sí, en vez de regalarla, la pongo en buenas manos y meto unos pesos para ayudar en el rancho.
La piba era de City Bell pero los viejos le alquilaban un dpto. en San Telmo, el gordo quedó alucinado con la estudiante y como ya estaba amaneciendo decidió acompañarla. Se pagó un remis hasta allá. Iban los dos atrás abrazados. Así habían salido del bar. Hasta el remisero debía pensar que eran novios y de esos que están hace poco porque los dos iban pegadísimos, cagandose de risa, intercalando besos largos y de lengua. Fueron por la autopista. Con los peajes y todo el gordo largó unos setenta pesos. Pero eso que importaba, si la jovencita lo invitó a desayunar, de paso escuchaban algo de música y podían hablar algo más. Además ella quería algún dibujo para decorar el dpto. y al gordo esas cosas lo podían.
Cuando el cielo estaba en esa escala cromática en la que pasa de noche a día el pete volvió a estar en boca de la rubia. Y justo entre ese segundo en que podemos afirmar que es de noche y ese otro que es de día, ya estaba tirando la goma como loca. Ahora era ella la que estaba contra una pared, Ariel, antes de concluir, retiró su miembro de la boca succionadora, jaló fuertemente y a la hora de terminar volvió a introducirlo en ella rápidamente, con tanta destreza que la rubia quedó asombrada y no pudo más que cerrar los ojos y tragar. Una vez descargada la conclusión y acomodadas las ropas la rubia seguía arrodillada contra la pared. En ese momento un auto que pasaba lleno de jóvenes alcoholizados detuvo su marcha en dicha esquina. Entre las risas de hienas se distinguió una voz que, dirigiéndose a la rubia dijo: ¡Chancha, no se hace eso, sos una chancha! Después de eso Ariel perdió todo el interés en ella. La rubia le pidió que le compre un caramelo o un chicle para sacarse el sabor a semen. Pasaron por un kiosco, la acompañó a su casa y en ese momento recordó el vino que jamás pagó, tal vez el gordo se quiera ir hace rato y no lo dejen, y el gordo, aunque sólo para algunas cosas como ya quedó demostrado, puede ser tan canuto como para fingir pobreza en vez de pagar su deuda. La saludó, no le prestó atención a lo que ella le decía y volvió al bar. Una vez ahí no lo dejaron entrar, el lugar estaba cerrando sus puertas y se pedía toda la cooperación tanto de internos como de externos para poder cerrar sin complicación. Se le explicó así a Ariel que su amigo debía de estar por bajar. De un momento para otro se sintió tan tonto. El vino había sido pagado al mismo tiempo que la cerveza, Ariel era un tipo al que le gustaban las cuentas claras, si no hubiese pagado esa botella no habría podido salir de ese bar que, como ya sabemos, no fue lo que pasó. Ya nada lo ataba a la entrada, ni siquiera Toker, que no era su amigo y no tenía porqué esperarlo. Se fue a la estación de tren a esperar el vía la plata, para en todas pero, para su suerte, después de un Ranelagh-Bosques, Varela-Temperley enganchó un rápido.
Se sacó la percha de su odio izquierdo y comió tostadas (pasándolas con un poco de mate) sentado junto a ella. Le dijo que era muy tarde para volver a La Plata, o quizás era muy temprano, que podía quedarse en su casa, incluso dormir en su cama. Se acostó, la abrazó, cerró sus ojos y pensó en alguien. No en Ariel, sino en Mauricio que nunca llegó.
En ese mismo momento en que Ariel tomaba el tren y Toker pensaba en alguien, Mauricio salía de un boliche en la calle Alem de Mar del Plata acompañado por una desconocida.
Había sido, de diferente forma pero a veces eso es lo bueno, una excelente noche para los tres y eso que ni se vieron.
-¿Y ahora qué hacemos?- Dijo la desconocida.
-Ahora nos quedamos en un hotel o nos tomamos el colectivo de vuelta y dormimos en él.
-Sí, lo mejor va a ser que volvamos.
-Pensándolo mejor- Dijo Mauricio e hizo una pausa- Quiero pasar la tarde en la playa.

1 comentario:

Nana dijo...

Este pibe tendría que escribir un libro. Tiene talento.