miércoles, 28 de mayo de 2008

Mi nariz tapada.

-¿Y cómo haces sin plata?-.
-No, es que por suerte Lina suele ir y me lleva comida o dinero para volver-.
-¿Pero tanto tiempo estás ahí?-.
-Y, mañana entro a las diez, salgo a las doce y entro a las tres-.
-¿Y todo ese tiempo te quedás solo?-
-No, Lina llega y se queda conmigo todo ese tiempo- Mi viejo pone la luz direccional, tose y seguimos marcha. Mientras tanto yo, con la bufanda que Lina me acomodó de tal forma que tapa mi boca trayéndome una suerte de calefacción al respirar, apoyo mi codo en la ventanilla del auto, mi cara sobre la palma de mi mano abierta y pienso en Lina. De repente se escuchan quejas del viejo en un tono amable del tipo de “Si vos fueras organizado uno te daría cien pesos y vos te arreglarías.” La verdad no tengo ganas de contestarle que no me alcanza con cien pesos mensuales, no quiero explicarle.
Lina, Lina. Hoy comí galletitas, sólo seis en todo el día. Mis primeras cinco galletitas me las llevó ella. Ella llevó cinco galletitas hasta donde yo estaba para que no sienta el hambre que tanto estaba sintiendo. Calmó mi hambre, calmó mis dudas y mis ríos, calmó mi frío con su misma bufanda. ¿Y yo? ¿Yo estaría calmando algo en ella? Espero que sí.
Nunca teníamos dinero o al menos nunca el suficiente y aún así me llevó cinco galletitas. ¿Qué acaso eso no es el amor más puro? Yo creo que sí. El amor más puro son cinco galletitas y una bufanda tapándote la nariz.